Sopló el viento, era cada vez más fuerte, no sabía para donde mirar. Toda la gente gritaba, al mismo tiempo se sostenía en los postes de luz, pero también, aquellos postes se los llevaba el viento. Miré mi libro deshojado, no lo pude rescatar.

Pasaron las horas y el viento había terminado. Miré alrededor y todo había terminado; los árboles sin hojas, las casas destruidas y la gente perdida.

Busque entre los escombros mi libro pero no lo hallaba, de pronto miré al cielo y observé a una niña sostenida en libros de diferentes colores; me sonrió y me hizo señas para seguirla, así lo hice; cruce montañas, árboles y ríos para llegar al destino.

Mi destino fue una casa grande lleno de libros, los miré y de pronto los libros empezaron a volar, su corazones empezaban a latir, entonces comprendí que los libros me escuchaban, así que cada día les regaba alegría leyéndoles una poesía.

Cada día tenía la oportunidad de leer historias; sus historias. Uno de los libros llamado color esperanza, me deleito de su música, al mismo tiempo me escribió que lo más hermoso que le puede pasar a un libro es leyéndolo, revivirlo a través de sus letras; sonreí y le dije ¿cómo? Me explico que cada libro contiene una historia, pero si no se abre, esa historia se pierde y es como si nunca existiera.

Entonces me quedé pensando y llegué a la conclusión de que mi gente necesitaba alegrías, sueños, historias y aventuras. Así que cada día llevaba experiencias en cada libro. Observé que las personas cambiaban de color, miraba su rostro lleno de sonrisas; su aspecto había mejorado por aquella destrucción.

Cada día cuidaba de los libros, pero me era insuficiente, mis años ya no me permitían seguir cuidando, llegué a la vejez siendo feliz, pero sabía que era mi hora de partir; los libros deben seguir su búsqueda en el camino y yo debo seguir, compartir que en sus páginas encontré el paladar, el placer y el refugio para mis ojos.

La música sonaba, el piano tocaba mi alma, mis ojos contemplaban las letras de cada historia; me despedí de cada uno de ellos, pero prometí volver, necesitaba seguir aprendiendo, necesitaba compartir cada lectura. Color esperanza me dijo al oído: gracias porque por ti vivimos, no nos olvides, recuerda que un libro cerrado es un libro perdido, así que vuela y comparte nuestras historias.

Mi mamá me llamó a comer, cerré el libro y me di cuenta que estaba leyendo la historia de mi abuelo.